Patricio Figueroa

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Escritor de Lebu, actualmente es integrante de la Agrupación Literaria y Cultural de Lebu

Biografía

Patricio Figueroa González nació en Santiago.

Egresado de la Escuela Nacional de Artes Gráficas, trabajó en los diarios capitalinos «La Nación», «La Tercera» y «El Mercurio», como corrector de pruebas.

En 1978 colabora en la radio «Teniente Merino de Lebu» donde ejerce como corresponsal en Santiago. Luego se traslada a Lebu, como Jefe de Producción.

En 1994, trabaja como Encargado de Difusión de la Gobernación Provincial de Arauco, cargo que ocupa por nueve años.

En 1997 participa en el proyecto de radio «Manantial» de Lebu, desempeñándose como Director.

En 2002, funda la gaceta literaria «El Bote» y la Agrupación Literaria y Cultural de Lebu, de la cual es presidente. Actualmente trabaja en la I. Municipalidad de Lebu.

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MILLANECO

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Por Patricio Figueroa González

Capítulo I

– ¡Mira, Ricardo, qué lindo! – dijo Alejandra, tocando el brazo de su marido.
Habían comenzado el descenso del camino y se divisaba el pueblo de Lebu, desde la primera vuelta, en el sector de Santa Fe.
lebu- Sí- dijo éste- se ve lindo desde aquí
– ¡Viste que fue buena idea venir! Te va a gustar. ¡Si es tan lindo mi pueblo! Dijo ella, con jovial entusiasmo.
– ¡Estaba bueno que llegáramos, ya! Llevamos como diez horas manejando.
– Sí, pero valió la pena ¿No?
– Bueno. Sí. Hasta aquí
– Convéncete. Fue buena idea venir acá y salir un poco de la rutina que te tiene loco allá en Santiago
– ¡Pero es que no puedo alejarme durante mucho tiempo!
– Ya. ¡Pero no vamos a empezar de nuevo! Además, tú quisiste.
– ¡Esta bien! Está bien. Ya estamos aquí y aprovechemos de disfrutar del paisaje. Pero acuérdate. Sólo será una semana. No puedo estar más tiempo ausente. No me vengas con que mi papá quiere que nos quedemos un poco más y esas cosas. ¡Una semana y nos volvemos! ¿De acuerdo?
– Bueno. Si no voy a insistir. Pero ¿De cuándo que no veníamos? Hace como cinco años. Desde que nos casamos.
– Sí, más o menos.
Disminuyendo la velocidad el lujoso BMW tomó la última curva y se aproximó al sector urbano. Pasaron las primeras poblaciones y en la bomba de bencina, torcieron a la izquierda, en dirección al río.
– Ves como me acuerdo todavía- dijo Ricardo.
– Claro pero ahora, vamos a ver si te ubicas en la Población Lebu y llegas a la casa en medio de los pasajes ¡Yo no te voy a decir! -dijo ella divertida.
Maniobrando con destreza, el hombre se introdujo por el “Pasaje Los Lingues”, hasta que finalmente se detuvo en una de las casas bajas, como el resto de la población, salvo que ésta tenía una ampliación de dos pisos hacia atrás, que la distinguía de las demás. Una vez en el lugar, Ricardo hizo sonar la bocina un par de veces y de inmediato salió los padres de Alejandra, una pareja de unos sesenta años aproximadamente, quienes con grandes muestras de alegría, recibieron a los recién llegados.
– ¡Por fin llegaron! -Dijo el hombre, quien se estrechó en un apretado abrazo con la joven que descendió del automóvil.
– ¡Cómo está, mi niña! ¿Cómo llegaron? ¿Muy cansados? -Agregó mientras saludaba a hombre, que ya estaba abriendo el portamaletas, para sacar el equipaje.
– No muy cansados, suegro. La verdad es que nos vinimos de un viaje. Salvo un rato en Concepción, no hicimos mayores detenciones.
– Bueno, pasen niños- dijo la mujer, mientras saludaba a su vez a Ricardo. -Qué bueno que llegaron sin novedad.
Después de los saludos, el grupo se introdujo en la vivienda y cerraron la puerta tras de sí.

Ricardo era ingeniero comercial. Tenía una empresa de importaciones y se dedicaba a los negocios. Había conocido a Alejandra en la universidad, donde alguna vez fue a remplazar a un amigo, por un par de meses y hacer clases de cálculo diferencial a un primer año. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de contextura fuerte, pelo negro liso, frente amplia y ojos negros de un extraño brillo, que se abrían con asombro cuando reía. Tenía un rostro sombrío que se iluminaba, cuando miraba a su esposa y sonreía con gesto un poco infantil.
Alejandra era todavía una jovencita. Estaría en los veinticinco años y la diferencia de edad en este matrimonio era algo notorio. Delgada y de apariencia frágil, su cara, de rostro ovalado de suave cutis blanco, era enmarcado por una cabellera trigueña y ondulada. Suaves mechones de cabello le caían al rostro, de grandes ojos castaños y graciosa nariz respingada, que le daba un aire de muñeca. Era una hermosa joven a la que su marido adoraba. Había conocido a Ricardo en uno de los recreos de la facultad, donde estudiaba arquitectura. Su relación había comenzado de manera bastante común. En la cafetería habían coincidido en el mesón, esperando un café. Ella iba con dos amigas y él, solo, con sus libros y maletín.
– ¿Me pasa el azúcar, por favor? Dijo él
– Claro. Aquí está. -Dijo ella, con una sonrisa.
El la miró y quedó flechado. Desde ese momento, buscó la forma de encontrarse de nuevo con esta chiquilla que parecía una niña traviesa. Se toparon varias veces en el mismo recinto de la cafetería. Un día se animó y la esperó, al final de clases, y la abordó cuando abandonaba la facultad.
– ¡Hola!, ¿quieres que te lleve? Le dijo, cuando vio que se separaba de sus compañeras.
– No, gracias. No se moleste. Tomaré el Metro en la esquina.
– No, si no es molestia. Dime adonde vas y te llevo. Seré tu chofer, tu guía y tu guardián esta tarde, si tu quieres. Yo y mi carruaje estamos a tu disposición- Dijo con una cómica reverencia, que cautivó a la joven.
Con una sonrisa ella accedió. Desde ese día, cada miércoles y jueves, él la esperaba y la llevaba hasta su casa, en Ñuñoa, cerca del Estadio Nacional.
La relación se había ido profundizando y de a poco él la cautivó y al poco tiempo, ya no le parecía ni tan mayor ni tan huraño como el primer día que lo vio en la cafetería. El por su parte, reafirmó su primera impresión y a la fascinación del primer día, siguió un rápido enamoramiento que le producía una sensación de desamparo cuando no estaba con ella. Pronto se fueron a vivir juntos y al poco tiempo ella le impuso la conveniencia de formalizar su relación, a lo que él no puso reparos. La boda se realizó en un importante centro de eventos de Santiago y asistió gran cantidad de amigos y algunos parientes de él. Por parte de ella, también asistieron amigos de la universidad y algunos parientes del sur. Su madre estaba dichosa ya que parecía que Alejandra había encontrado la felicidad que tanto deseaba y había rogado para que ella encontrara. Se fueron de luna de miel a México, a Acapulco, de donde volvió cargada de regalos y recuerdos y comenzó su vida de casada en un magnífico departamento de Las Condes. Todo era felicidad y aparentemente a él le iba muy bien en los negocios por lo que sus preocupaciones pasaban por reunirse con sus amigas y hablar cada día con sus padres a Lebu.
De los negocios de su marido, no tenía idea, sólo sabía que le iba muy bien y que a veces se reunía con algunos amigos en la casa, oportunidad que ella aprovechaba para salir de compras con las amigas. Nunca vio a las personas con quienes se reunía su marido por lo cual el tema del trabajo de Ricardo, no estaba entre las conversaciones habituales de la pareja.
No tenían hijos y por el momento habían tomado la decisión de esperar a gozar un poco más de la vida en pareja, antes de comprometerse con los niños.
Fue uno de esos días, cuando ella le propuso que viajaran por unos días a ver a sus papás, a Lebu. El lo había resistido. No era la época de vacaciones y además, había asuntos que atender. Sin embargo, extrañamente, un día llegó muy excitado preguntándole si podían viajar a la brevedad.
– Estoy muy cansado y creo que unos días de conversación con tu papá y unos paseos por la playa, me servirán para relajarme -Le dijo.
– ¡Que bueno! Llamaré de inmediato a mi mamá para avisarle. Van a estar muy contentos.
– Sí. Llámalos no más.

Capítulo II

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