LOS TESOROS DE LA CAVERNA BENAVIDES

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(A Jorge Mario, mi hijo del corazón)

El misterio de las correrías del montonero Vicente Benavides llena no pocas páginas de nuestra historia, algunas de ellas bastante apegadas a la realidad y otras tantas llenas de fantasiosos y terribles relatos del que un día fue patriota, después realista, nuevamente fingido patriota, para terminar siendo otra vez realista y delatado por sus propios hombres. La verdad es que la traición fue una constante en su vida, así es que no se podía esperar otra suerte que la de ser traicionado por quienes fueron sus últimos compañeros de armas.
Pero mi cuento es otro, no pretendo aquí hacer un registro histórico de este extraño personaje, más bien mi relato va por lo legendario, por aquello que llega a nuestros oídos a través de vivencias, experiencias y extrañas coincidencias que se suman en nuestras vidas y que le dan ese sabroso conocimiento de los “sucedidos” que tienen más de maravilloso que de real, pero que siempre nos sorprende y nos dejan llenos de interrogantes.
Este relato se ubica en dos lugares entrañablemente amados por mí; en Colchagua, específicamente en la playa de Topocalma, y en la Caverna de Benavides, de la ciudad de Lebu.

Tuve la oportunidad de conocer hace muchos años en Lebu a un antiguo señor perteneciente por su lado paterno a una de las más altas y rancias familias aristocráticas de la zona, pero nacido con el estigma de aquellos tiempos de ser hijo ilegítimo; de su padre heredó el gusto por la numismática y entre sus tesoros tenía una singular moneda de plata encontrada en Millaneco que le había regalado su progenitor y que por un lado decía “GUERRA/ A/ MUERTE/ V B” y por el otro “BEN AVI DES”. Después de más de 40 años y por extraños sucesos, conocí en Topocalma a un sencillo mariscador que me contó la historia de una moneda que guardaba entre sus pertenencias y que decía le traía buena suerte. Lo más sorprendente para mí fue que era una moneda igual a la que yo había visto hacía tantos años en Lebu, en la casa de mi abuelo Neftalí.
Es así como comienza a urdirse el hilo de la realidad con la seda de la leyenda y aparece este relato que a continuación narro para ustedes.

En la playa de Millaneco, por allá por el año 1822, seis feroces montoneros hacen guardia, las diez cajas con todos los tesoros del “coronel Benavides” son la más preciada carga que les abrirá las puertas del futuro cuando lleguen al Perú. Esta es la promesa que les hizo el coronel después de la derrota en Las Vegas de Saldía y ellos le tenían fe, no en vano se habían salvado una y otra vez de morir en tantas batallas en las que habían participado.
El sol de la tarde de enero estaba quemando, pero el viento que se arremolinaba en la entrada de la caverna presagiaba una noche de tormenta. Por otro lado, la Piedra del Toro bramaba sin cesar y aquello provocaba no poco pavor entre los supersticiosos montoneros que tenían muchas deudas con el Creador y mucho de que arrepentirse.
“Todos a la caverna” – dijo uno de los de más confianza de Benavides- Entraron las cajas y las fueron disponiendo en distintas cuevas con el fin estratégico de salvar la mayor parte del tesoro en caso de ser descubiertos.
El fantasma de la codicia y la traición rondaba en todos estos hombres sin patria y sin ley, la desconfianza se olía en el aire y cada cual mascullaba su desazón ante la demora del coronel. Cayó la noche y se dejó caer una lluvia inusual para el tiempo de verano, acompañada de un viento que rugía o gemía en las distintas cavidades de la caverna.
“Son los muertos que nos persiguen” – dijo con voz de ultratumba uno de los heridos que ardía en fiebre. La gangrena se había apoderado de su pierna, pero guardaba la esperanza de que “su coronel” lo salvara de esta.
Unos gritos en medio de la tormenta despejaron las inquietudes de los bandidos, mojado hasta los tuétanos entró Benavides con sus ojos inyectados y el vozarrón que lo caracterizaba.
“Todos a la barcaza, lo mejor es salir de noche para no encontrarnos con los malditos patriotas”
“¿Y qué hacemos con el enfermo”?
Benavides miró con frialdad y casi con desprecio. “Lo dejaremos aquí, total sus horas están contadas”. Se dio media vuelta y tiró doce monedas a los pies del enfermo. “Date por pagado, nada te debo”.
El hombre lo miró con una mezcla de terror, admiración y odio, posteriormente perdió la conciencia y comenzó a delirar. Mientras los forajidos cargaban la barcaza, el bandido enfermo comenzó a recorrer bellos prados surcados de frescas aguas, pero aguas a las que no podía llegar, vio perfumadas flores que al acercarse olían a carne putrefacta, después se hundió en una maraña de colores, dolores y olores dantescos.
A la llegada de la mañana se encontró solo y desvalido, gritó y llamó, pero sólo le respondía el eco de las cavernas, se arrastró como pudo fuera del albergue y vio a unas mujeres que mariscaban entre las rocas cantando alegremente. Las llamó y éstas, más curiosas que dolidas acudieron a verlo y lo atendieron con solicitud y sorpresa.
El hombre les pagó con cuatro monedas y se cuidó de explicar lo que esa noche anterior había pasado, por lo demás él tenía su propio secreto, había desvalijado una de las cajas y guardó en una cavidad oscura y muy disimulada, el producto de su hurto.
Una de las mujeres, más compasiva que las otras, volvió varias veces a atenderlo, ella se dio cuenta de la inquietud del forajido, pero en su sencillez y simpleza no atinó a pensar mal. El hombre finalmente murió hacia fines de febrero, maldiciendo a Benavides y deseándole que donde estuviera fuera traicionado por sus secuaces.
Algo de esta maldición recayó en el jefe de los montoneros. En Topocalma y cuando estaba tirando unas monedas a los buenos hombres y mujeres que lo había surtido de agua y comida, fue traicionado por sus propios hombres, fue apresado y llevado a Santiago donde, según los anales históricos, fue fusilado el 23 de febrero del año 1822.
Dicen que en la caverna de Benavides en Lebu todavía está escondido el botín de este montonero que murió maldiciendo a su coronel. No pocos han perdido la cabeza buscándolo y no pocos han empeñado hasta el alma con tal de encontrar el cofre con las riquezas.
Yo por mi parte, me conformo con haber visto la moneda encontrada en Millaneco y la que guardaba tan celosamente el pescador de Topocalma, no me cabe la menor duda de que son parte de la fortuna del bandido Benavides… yo las vi y eso me hace partícipe de esta narración. Tómelo como usted quiera, pero yo siento que estuve en presencia de parte de un tesoro que ya es legendario y con eso ya me siento pagada.

FIN

MARÍA INÉS VEGA SANHUEZA

LEYENDA DEL PUDÚ DE LA CORDILLERA DE NAHUELBUTA

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(A Claudio Muñoz y Familia)

La cordillera de Nahuelbuta, hermoso paraje ubicado entre la octava y novena regiones, oculta entre sus titánicos bosques el más hermoso y pequeño venado del mundo: “el pudú”. Dicen que este gracioso animalito apareció en esta comarca sólo a la llegada de los españoles y su existencia se debería a un hechizo que hasta hoy se mantiene y que relato a continuación:

“Vivía a orillas del lago Lanalhue una comunidad de pacíficos mapuches, parientes de los lafkenches de Amucha y que subsistían de la pesca y de los frutos que daba la Madre Tierra. Su idílica existencia fue coronada con la bendición de familias numerosas y sanas; niños y niñas recorrían en ruidosas caravanas la laguna y el bosque donde encontraban kaukes, kulles, dihueñes, piñones y otro sin fin de secretos y dulces frutos.
Los aguerridos mapuches de otras comunidades, como los de Tucapel y Tirúa los respetaban y protegían porque los sabían pacíficos, conocían su amor por la Madre Tierra, su religiosidad y además porque eran los encargados de ayudar a las almas a pasar desde Lanalhue hasta la isla Mocha, el lugar de paso de las almas para llegar al Kulchenmayeu.
Cuando aparecieron los conquistadores, acompañados del atronador ruido de sus flechas de fuego y metal, de sus caballos y de la cruz de su Dios, se acabó la paz de estas hermosas familias lacustres; entonces las madres acudieron donde la más respetada y anciana lanpu domo para que las aconsejara. La diez veces madre y veinte veces abuela miró la laguna y el monte, cantó una rogativa a Shompalhue, el dios de las aguas y entonces la diez veces madre y veinte veces abuela habló y actuó: dio a la hermosa y núbil Pilmaikén una pifilka, hizo que los niños y niñas fueran cubiertos con abrigados pontros del color de la tierra y los despidió para que se ocultaran en el monte hasta que pasara el peligro. La triste melodía de la pifilka se hizo despedida y las amantes madres, entre el miedo y la esperanza les rogaron a sus hijos que fueran obedientes y silenciosos.
El bosque los acogió con amor y poco a poco el sonido de la pifilka de Pilmaikén se perdió en medio de los montes de Nahuelbuta. La wiña y el pangui siempre atentos, acechaban; pero la pifilka los espantaba y se resignaron manteniéndose alejados de tan agudo sonido para sus sensibles oídos.
Cuando aparecieron los nuevos cruzados, como muchas veces ocurrió, la comunidad fue destruida y despojada de sus tierras, los pocos hombres que quedaron fueron entregados en encomiendas y los que lograron huir se unieron a sus primos de Tucapel y se hicieron guerreros.
Cuando pasó una luna y otra luna, Pilmaikén dejó su tesoro en la cordillera y bajó a la ribera de la laguna, al ver que su comunidad ya no existía, rogó a los espíritus de la montaña para que protegieran a los niños, y a ella le dieran sabiduría para actuar. Entonces en gran Nguenechén, apiadado y admirado del actuar de la muchacha, la convirtió en golondrina y a los niños y niñas los envolvió para siempre en sus pontros color tierra y los convirtió en pequeños venados silenciosos y tímidos.
Desde aquellos tiempos, la cordillera de Nahuelbuta alberga manadas de pudúes que viven en lo más espeso del bosque y que son guiados por golondrinas, cuyos agudos cantos ahuyentan a los depredadores”.
Proteger al pudú de la cordillera de Nahuelbuta y a las golondrinas es deber de todo mapuche, porque los hombres y las mujeres de la tierra saben que el secreto de la vida futura de su estirpe está en estas manadas, porque así lo quiso el gran Nguenechén.

MARÍA INÉS VEGA SANHUEZA

GLOSARIO
Amucha: antiguo nombre de la Isla Mocha
Dihueñe: hongo comestible parásito del roble
Kauke: pejerrey
Kulchenmayeu: lugar del oriente donde descansan los muertos
Kulle: Planta comestible conocida como vinagrillo
Lanalhue: lugar de las almas perdidas
Lanpu domo: viuda
Nahuelbuta: tigre grande
Nguenechén: dios supremo de la cosmogonía mapuche
Pangui: puma
Pifilka: instrumento musical similar a la flauta
Pilmaikén: golondrina
Piñón: fruto del pehuén
Pontro: frazada de lana
Tirúa: cuartel donde se preparaban los mapuches para defenderse
Tucapel: apoderarse por medio de la fuerza
Shompalhue: dios de las aguas
Wiña: gato montés

LEYENDA DE LOS ROSALES DEL RÍO LEBU

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(A mi madre Telesila con cariño)

Mi anciana madre se acuerda de haber escuchado como un sucedido o como una leyenda esta hermosa narración bastante fragmentaria que me he permitido enriquecer con un poco de fantasía.

Río arriba, en el río Lebu existió una gran hacienda conocida como El Rosal o Los Rosales y como nos podemos imaginar se caracterizaba por la abundancia de rosales que adornaban las cercas desde las mismas orillas del cauce del río hasta el horizonte; asimismo la entrada a las casas patronales recibía al visitante con rosas multicolores dispuestas entre canteros, arcos, prados, rejas y magníficas fuentes que entregaban un soberbio y bello paisaje digno de los mejores parques europeos.
Tal magnificencia no era solamente un afán estético, la verdad es que las familias propietarias de la hacienda, por tradición cultivaros flores como una manera de hacer oración por las almas de un grupo de religiosas que llegaron en tiempos de la conquista con el afán evangelizador y que murieron trágicamente en medio de estos otrora salvajes territorios.
Según mi madre, escuchó dos versiones de los hechos; una de ellas decía que las monjas murieron en un malón efectuado por una aguerrida tribu mapuche que no aceptó la llegada de una nueva religión y menos la presencia de las extrañas mujeres que querían hacerles cambiar su vínculo con los dioses tutelares y la otra versión habla de una gran tempestad que las sorprendió navegando río arriba, su embarcación zozobró y en ambos casos, ellas desaparecieron sin dejar rastros y milagrosamente comenzaron a aparecer rosales por toda la ribera del río.
Dicen que en cuanto se supo la infausta noticia, los cristianos que ya había en esos territorios, pusieron flores para recordar a las santas mujeres y posteriormente los dueños sucesivos de la hacienda fueron enriqueciendo las plantaciones con flores que trajeron de todo el mundo, especialmente rosales, lavandas y verbenas.
Hoy por hoy, es posible ver un curioso prodigio, aún hay rosales silvestres a las orillas del río Lebu y en tiempos lluviosos, cuando el río trae gran torrente, bajan flores que van a desembocar en la bahía de la ciudad, produciendo siempre gran admiración entre los lugareños.

Según la creencia de mi madre, estas son solicitudes de oración que hacen las almas de las desdichadas religiosas que murieron río arriba en las tierras de la hacienda El Rosal.

FIN

MARÍA INÉS VEGA SANHUEZA

LEYENDA DE LA PIEDRA DEL TORO DE LEBU

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(A Rosita Amalia y Rosita Cartes)

Entre Punta Lavapié y Punta Tucapel del Golfo de Arauco en la Octava Región, se encuentras Lebu, ciudad costera que en una de sus playas posee un complejo conjunto de acantilados, laberintos, cuevas de proporciones gigantescas y la famosa “Piedra del Toro” que guarda la abrigada ensenada conocida como la Playa de la Cueva.
En tiempos remotos estos lugares eran habitados por tribus paleo indias que vivían de la extracción de moluscos y de la pesca; de esa realidad surge esta leyenda que paso a relatar en las siguientes líneas.

“La playa de la cueva era el lugar elegido y predilecto de niñas y jovencitas que se refugiaban en este discreto lugar para jugar y bañarse en días de intenso calor, cuando el Padre Viento dormía entre las olas. Esta era la Playa de las Doncellas y la tribu respetaba el lugar como un verdadero santuario; sin embargo, para protegerlo de las miradas indiscretas de osados muchachotes de otras tribus, que siempre andaban al acecho, los celosos abuelos, padres y hermanos llevaron un gran toro que, erguido entre las rocas hacía de guardián y espantaba con sus feroces bramidos y bufidos a los más arriesgados mozos. Así pasaron muchas generaciones y los traviesos muchachos siempre trataban de burlar al gran monstruo que les impedía el paso.
En una oportunidad en que el vigilante era un toro nuevo y todavía inexperto, uno de los mozos, con un ingenioso engaño logró que la bestia se acercara a los acantilados y entonces una gigantesca ola hundió al animal en el rabioso mar. Desde aquellos remotos tiempos, la llamada “Piedra del Toro” brama furiosa para advertir a los arriesgados que allí, en el fondo del mar sigue la bestia cuidando la Playa de las Doncellas; más aún, dicen que en noches de invierno, los bramidos se escuchan en toda la hermosa ciudad de Lebu con una potencia que a no pocos asusta.”

Otra tradición dice que las jóvenes, para demostrar su doncellez, ponen en la Piedra del Toro un pañuelo blanco, si el toro brama y lo devuelve se comprueba su pureza… si esto no ocurre y el pañuelo se pierde en el oscuro abismo…no hay nada más que hablar.

FIN

MARÍA INÉS VEGA SANHUEZA

LEYENDA DEL CAMPANARIO DE LA IGLESIA DE ARAUCO

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Según me contó mi anciano padre, el campanario de la Parroquia San José guarda entre sus antiguos cimientos un secreto digno de registrar y que él nunca le contó a nadie para que no se prestara a feas ambiciones.
Por allá por el año 1925, cuando la torre-campanario de la Iglesia estaba siendo construida, hubo una pareja de jóvenes enamorados incomprendida por sus padres y que no pudieron concretar su amor. (Ellos pertenecían a familias de bien, pero con grandes rivalidades debido a sus respectivas riquezas y poderes)
Las enemistades entre esas familias, cuyos apellidos mi padre se reservó en secreto, impidió que los jóvenes se casaran y ellos, obedientes hijos, se separaron con mucho dolor y para siempre.
La última vez que se vieron, pusieron en los heridos de la torre en construcción una cajita de plata con la promesa escrita de su mutuo y eterno amor y además dejaron allí las sortijas de oro de matrimonio que el joven había mandado hacer con tanta ilusión y las arras que él había destinado para su desposorio.
El gran terremoto del 39 no afectó mayormente a la Iglesia, no así el terremoto del 60 que acabó con gran parte de la construcción… menos la torre que se mantiene hasta hoy y que es el orgullo de los araucanos.
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Hace un par de años estuve en Arauco y visité la torre campanario bastante tarde, juro que escuché en medio del silencio nocturno, cuchicheos y dulces palabras que se decían dos voces jóvenes; como ya conocía la historia, me alejé prudente y discretamente, pensando en esta sencilla narración que hoy entrego a ustedes.
Me hace ilusión pensar que un amor verdadero y un secreto se guardan en esos cimientos… ¿ No será acaso que El Padre Creador ha querido decirnos que los verdaderos amores son eternos y que nada ni nadie los puede ni los debe separar? Juzgue usted querido lector… yo sólo soy una artesana de la palabra.
FIN

(A MI PADRE JUAN MANUEL)
MARÍA INÉS VEGA SANHUEZA

LA LEYENDA DEL HUITRAL O TELAR MAPUCHE

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(A mi prima Mónica y sus hijos)

Dicen que hace muchos siglos, cuando la tierra de los mapuches sólo era habitada por tribus alfareras, cazadoras y recolectoras, llegó a las orillas del lago Lanalhue una familia de pacíficos mapuches a los que nadie tomó muy en cuenta. La verdad es que nadie sabía que el Gran Nguenechén les iba dar una misión muy importante que era la de difundir por la tierra el uso del telar para confeccionar abrigadoras prendas de lana y esta misión partió de una promesa hecha por un cacique a los Padres Ancestrales debido a unos acontecimientos que ahora paso a contar para ustedes.

“Era plena primavera cuando la doncella Naynay estaba tejiendo un hermoso collar de flores a la orilla del lago, entonces apareció Chompallhue y le pidió unas flores a la tejedora, ella le preguntó el porqué tenía el pelo tan rizado y porqué su piel era del color del charu que se ponía en el fuego para cocinar; Chompalhue primero se extrañó porque ella no sintió miedo ni tampoco se rió de él, y después le contó que por órdenes de Nguenechén, él era el genio que protegía los lagos y lagunas de todas la tierra hasta donde los ojos podían ver.
Naynay, conversó largamente con él y le regaló su hermoso collar, entonces Chompallhue se sumergió en el lago y cantó feliz toda la noche… desde allí en adelante nunca le faltó el alimento a esta familia que pescaba en el lago y regaba sus campos de quínoa con las aguas que amablemente les daba el genio, amén de las frutas silvestres que encontraban en los bosques ribereños.
Pero no todo fue felicidad, un día una envidiosa hermanastra de Naynay acusó a la muchacha con su padre y le contó que ella pasaba tejiendo collares que lanzaba a las aguas y no hacía nada en la huerta ni en la ruca. Sorprendido y malhumorado el cacique prohibió a su hija las visitas al lago.
“Chachay querido, amado chachay… no me encierres y déjame tejer” – dijo la doncella- pero su padre fue duro e implacable, la aisló de la familia y para que entrara en razón le entregó unas varillas y varas secas para que hiciera fuego, más dos llamas para que le hicieran compañía y se hiciera una mujer hacendosa.
La obediente Naynay imploró a Nguenechén y a Chompallhue para que la ayudaran y se durmió por mucho tiempo, fue entonces que los dioses en sueño le entregaron el don para poder hacer un telar, una rueca y un huso y así aprovechar la lana de las llamas para tejer. La imaginación de Naynay se echó a volar y comenzó a hacer bellísimos tejidos con no menos hermosos diseños que fueron inspirados por los dioses, cuando su padre vio lo que su hija había hecho, se dio cuenta de su error y pidió perdón con mucha sinceridad y devoción a los dioses.
Nguenechén y Chompalhue no lo castigaron, pero le exigieron que dejara a su hija tejer todo lo que ella quisiera y donde quisiera… fue así como Naynay recorrió otras comunidades y enseñó el arte del tejido y de hacer el telar, la rueca y el huso… y el saber se extendió por toda la tierra mapuche… y cuando ya muchas mujeres habían aprendido el arte de hablar a través de los diseños, Naynay se fue a la orilla del lago y con sus aladas manos tejió collares hasta que se durmió, esta vez para siempre, siempre.
Entonces Chompallhue se la llevó a las profundidades y allí los dos moran en un bello palacio de cristal.
Dicen que esta bella durmiente algunas noches de luna sale a la superficie del lago Lanalhue y se le ve con su rueca y su huso afanando en los tejidos que los dioses tutelares le inspiraron.

FIN

MARÍA INÉS VEGA SANHUEZA
Charu: cántaro de barro
Chachay: forma cariñosa de llamar al papá, papito
Chompalhue: deidad que protege ríos y lagos.
Huitral: telar mapuche
Naynay: araña
Nguenechén: dios tutelar de la cosmogonía mapuche.