En-sueños. Historias, cuentos y mineros.

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Presentación

Desde que el hombre empieza a vivir en comunidad siente la necesidad de dejar testimonio de su presencia, de su paso por este planeta. Así lo atestiguan los grabados de animales que, sin duda tiene un sentido para el hombre de la época, encontrados en cavernas, desde hace millones de años, poco después escribe en forma más sofisticada dejando impresos los llamados jeroglíficos, a poco de andar en el tiempo lo hace en papiros y avanza incansablemente hasta nuestros días. Hoy como ayer también el hombre contemporáneo trata de dejar testimonio para trascender en su paso por esta vida y lo hace a través de diversas expresiones que hemos dado en llamar arte, léase pinturas, esculturas, música y literatura. Es el caso de estos dos profesores de Curanilahue y un trabajador minero. Luis Flores Olave, Francisco Huenchuñir Silva y José Sepúlveda Morales.

Luis Flores Olave, sus escritos nos dan la sensación de estar conversando de su propia existencia, hay relatos lineales en el tiempo y otros que nos sorprenden con las piruetas con que juega en los aspectos cronológicos. Es la vida que muestra su verdad a cada palabra, cada frase, cada idea nacida de su incipiente pluma, vida que se refleja en cuentos como “La Sala”, “Despertar” y “Soledad”, en este último a través de la soledad de un niño la sinrazón del ser humano actual. Encontrase sólo estando rodeado de gente.

Creo que sin tratar de hacer una crítica social, este relato nos mueve a pensar en lo solo que a veces se desenvuelve el ser humano, sin importarle el que está a su lado, sin duda es una crítica, quizás velada a la indiferencia en que debemos movernos en el sobrevivir de nuestros días.

Francisco Huenchiñir Silva, como hombre criado en Lota, los cuentos que escribe en esta ocasión representan y plasman la vida minera. A través de sus relatos es el grito del pueblo que se da a conocer en sus cotidianeidad, no hay en sus escritos recursos rebuscados, el lenguaje utilizado es directo y claro, no tiñe sus palabras con un adorno supefluo, sólo dice lo justo y necesario para que el lector pueda, sin rodeos, entusiasmarse con ellos. Tienen estos cuentos el sentido de la existencia del minero que día a día se juega la vida allá en el fondo de la mina, en pirquenes, en los piques muchas veces clandestinos que aportan al sustento diario.

Esa vida minera, es la que Francisco rescata en sus cuentos. “La falla”, es uno de ellos, relata con cierta destreza, que no deja de ser pícaro el engaño o traición que le hace su mujer a un minero. Y cuando se da cuenta de ello no tiene más remedio que jugarse la vida razón por la cual termina sus días en…

“La Maldición”, es otro aspecto de nuestra vida, la superstición contada a través de la maldición que una madre le hace a su hijo por el mal comportamiento de éste. De alguna forma todos creemos que basta con maldecir a alguien para que pueda acontecerle lo mismo que al “Zarco”. Otro de los relatos “La Corrida” que por medio del Tarzán nos lleva a conocer más de cerca la vida de los perreros (jóvenes de ayer y hoy que aprovechan la lentitud de los trenes y/o camiones para extraerles parte de la carga de carbón).

José Sepúlveda Morales, nos presenta un relato donde se recrea el ambiente vivido al interior de la mina. Este es un mundo rico en anécdotas, bromas, sobrenombres y experiencias que él va plasmando en el papel para darnos a conocer su propia versión de los acontecimientos. En el cuento “El fantasma de Pancho” alude a una de las bromas que, sin duda alguna, la víctima de ella se siente humillado en su condición de macho, como él mismo lo relata. Es común este tipo de bromas, de doble sentido que se hacen los mineros en relación a ser engañados por la mujer, y como en este caso el protagonista hace gala de sus argucia muy sutil para dejar mal parados a sus compañeros de trabajo, simplemente como venganza de lo mal hablados que serían estos al referirse a una mujer.

“El fantasma de Pancho”, y José Sepúlveda nos hablan a las claras que el arte de escribir no es privilegio de unos escogidos o señalados por un don divino, es simplemente la necesidad de querer expresar lo que se lleva dentro, lo que se siente cuando se vive la vida siendo protagonista de ella.

Estos cuentos-relatos de Luis Flores, Francisco Huenchuñir y José Sepúlveda dejan ver el grito del hombre común, del hombre sencillo, el poblador, el campesino, la mujer de pueblo que nada tiene que ver con las siutiquerías de otras latitudes, aquí la vida se vive y se vive a fuerza de trabajo, de dientes apretados para soportar la violencia disfrazada de pobreza y miseria.

No busquen encasillar a Luis, Francisco y José en algún estilo literario, si lo hay, sólo es la necesidad de dejar testimonio de su paso por esta tierra, aquí no hay palabras innecesarias ni rebuscadas, sus relatos están dirigidos a gente como tú y como yo, gente sencilla, alumnos, creo, en primer lugar, trabajadores, dueñas de casa, no hay aspiraciones de ningún tipo, sólo ser testigos de un momento de sus vidas.

Léelos, vale la pena, si nos encontramos, quizás pasemos un buen rato conversando de estos cuentos o tal vez sirvan para interesar al joven en el arte de leer; si así fuere Luis, Francisco y José de seguro se darán por satisfechos.

Carlos Jerez Salgado
Profesor

Soledad

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Despertó de pronto de un sueño que le había resultado tortuoso, miró el despertador, sorpresa, la hora había pasado y era demasiado tarde. Corrió la cortina amarilla que cubría la ventana impidiendo ver por las noches la claridad de la Luna que, desde lo alto, vigila eternamente el sueño de la ciudad. El sol dio de lleno en sus ojos y le deslumbró fuertemente, hiriendo sus infantes ojos color café.

Meditó un poco sobre lo sucedido, nadie le había despertado, la casa estaba en silencio, ¿qué pasó? – era la pregunta. Se sentó lentamente en la cama, acomodó las sábanas y frazadas, mientras repasaba con la mano extendida la superficie de la colcha, bordada en amarillos tonos y fondo azul piedra, que le parecía de una suavidad increíble.

– Ojalá las personas fueran así –se dijo.

Puso más atención, ningún ruido se escuchaba, recordó entonces que su padre salía temprano a trabajar ese día y su hermano debía estar en el liceo. Su madre no se levantaba hasta alrededor de las nueve de la mañana.

– ¿Por qué nadie me avisó? – se preguntó otra vez el niño, como meditando.

Lo de hoy, recordó, ocurría desde hace mucho tiempo, por las mañanas si él no despertaba, no iba al colegio.

Le parecía extraño, muchas veces buscó ayuda para sus quehaceres escolares, entonces, curiosamente, cansado, su padre luego de llegar del trabajo no contestaba a sus preguntas, la madre veía la telenovela y su hermano, en el teléfono conversaba con su polola para luego salir a reunirse con sus amigos.

Realmente estaba solo, si hablaba lo hacían callar. Si saltaba, decían que su ruido era insoportable. No podía salir, no tenía amigos.

-¿Por qué no me escuchan? ¿Seré normal?- se preguntó muchas veces.

Todavía sin levantarse, su mano puesta en el mentón, pensativo, repasaba cuadro a cuadro escenas de su corta existencia. Rascó el lóbulo de su oreja, movió el cuello incómodo.

– En la escuela no converso ¿qué debo hacer? se dijo. Seguramente lo mejor es irme de la casa, en algún lugar del horizonte puedo encontrar alguien que me necesite -se contestó.

Se vistió con tranquilidad, buscó en el armario lo más importante y lo fue echando, con calma, en un bolso negro que hacía mucho tiempo le habían comprado en la feria del pueblo y que lleva como adorno la escena de una familia, impresa en uno de sus costados. Entre sus pertenencias no podían faltar los libros y cuadernos de la escuela que con gran cuidado depositó entre sus ropas.

Silenciosamente abrió la puerta de la calle, el sol daba un aspecto hermoso al día, la calle se llenaba ya de bullicio. Las flores del antejardín saludaron mudamente el paso del niño hacia el futuro incierto, una nube se agitó movida por el aire que cansadamente se deslizaba abrazando la Tierra.

Caminó sin destino, desfilaron ante su mirada calles y avenidas, rostros de otros niños que pasaban alegres, padres junto a sus hijos, jóvenes en sus bicicletas, enamorados que en mil besos sellaron sus promesas, ancianos que curvaban sus espaldas con la carga innegable de la experiencia, esa misma que nadie sabe apreciar.

¿Cuántas horas? ¿Cómo saberlo? El reloj biológico, como su vida, no funcionaba correctamente. Sólo sabía que se sentó en muchas ocasiones para descansar, sin embargo luego siguió interminable su camino sin sentir los pajarillos rondar sobre su cabeza, el perfume de la floresta le rodeó, no lo supo, sólo recordaba a sus padres y el manto de olvido e indiferencia que tejieron sobre su ser.

-¿Se habrán dado cuenta de mi alejamiento? –pensó. Estarán felices de que así haya ocurrido –se decía- nadie hará ruido innecesario, nadie consultará tareas o interrumpirá la telenovela. No soy necesario –se convencía solo.

Una ráfaga de aire frío le sacó de su absorción, era el abrazo del atardecer de la ciudad. En el puente se detuvo, miró las heladas aguas que pasaban bajo él.

-¡Y si me lanzo! –se preguntó- ¡Sería el fin! –se contestó.

Respiró profundo, miró las estrellas, la Luna le sonrió, estaba solo, como siempre. Caminó, caminó, no supo durante cuanto tiempo, no se dio cuenta que las calles comenzaron a quedar desiertas. No supo como pasó el tiempo, hasta que cansado se sentó en un banco de la plaza y acunado por las estrellas y besado por la Luna se durmió soñando que estaba envuelto en los brazos de cientos de ángeles que le querían y brindaban toda la atención a sus preguntas.

Con una sonrisa estaba en su pálido rostro, el cuerpo frío, un perro aulló en la distancia , cuatro brazos apretaron repentinamente su cuerpo, no los sintió, su cabeza cayó hacia un costado, voces resonaron en su cerebro, no entendía nada, qué era esa sensación que nunca antes experimentó, una boca tibia se posaba en sus mejillas, esa voz la conocía pero con otros matices, no podía relacionarla con el amor, pero parecían sus padres. Comenzó a retornar al sentir que con mucho amor cubrían su rostro, su cabello, con miles de besos, no quería despertar, su sueño, los ángeles estaban con él.

– ¡Hijo!, ¡Hijo! –le decían. No quería despertar. ¡Por Dios, responde hijo querido! –se reiteraba la petición. No quería despertar.

Despertó asustando, no podía resistirse más, la suplica era repetida.

– ¡Hijo, que susto nos has dado! –dijo el padre.

– ¡Te hemos buscado por todas partes! –dijo la madre.

Ambos lo abrazaban con desesperación, con el cariño guardado por muchos años que explosionaba en un segundo, desatando ese torrente incontenible de besos que caían sobre el rostro y cabello del niño, mientras las lágrimas rodaban por las mejillas de todos regando la Tierra desde la que nacerían mil flores.

– ¡Te hemos tenido tan abandonado, hijo! –expresó la madre ¡No hemos sabido demostrarte todo nuestro amor! –le reiteró.

El padre, mudo de emoción, sólo sabía abrazar, mirar y acariciar al niño.

Tomó el padre el bolsón, con las pertenencias del niño, donde cariñosamente guardó sus cuadernos y comenzaron a caminar por la desierta avenida rumbo al hogar. En el cielo la Luna que vigila el sueño nocturno de la ciudad, sonrió a las estrellas que en ronda interminable juegan en el inmenso tapiz que cubre la Tierra.

Luis Flores Olave