Fulvio Casanova

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Escritor de Lebu. Sus escritos se han manifestado básicamente por ensayos publicados en diarios y páginas web. Es editor del diario de Lebu PROA al Futuro
email: fulviopolis@esfera.cl

Algo de sus ensayos…

CULTURA
Por Fulvio Casanova
(Publicado en PROA al Futuro 2002)

Generalmente tendemos a asociar la cultura con el trabajo de un grupo de notables compuesto por literatos, artistas visuales, cineastas, músicos o, simplemente, iluminados de nutridos conocimientos en cualquier cosa que sugiera un componente estético, filosófico o hermético. Lafourcade no sólo comparte esta percepción, que le acomoda bastante, sino que la agudiza al decir: “La cultura es lo mejor de la inteligencia”, citando palabras de un incuestionable europeo, de seguro muy ilustre, cuyo nombre ha olvidado este servidor.
Lo cierto es que la cultura, en cualquier sociedad humana, se manifiesta mucho más allá del grupo de vanidosas eminencias. Análogamente, la cultura es tan elemental para el hombre como el agua para el pez, es decir, comprende todos los productos y circunstancias de una sociedad y sus individuos, sin discriminar categorías puesto que allí se origina y fundamenta el comportamiento, las abstracciones, las creencias y cuestiones tan aparentemente triviales como la alimentación o la forma de vestir. En esa interacción de múltiples estímulos y percepciones se genera y ordena continuamente la escala de valores, jerarquía que penetra hasta los más profundos abismos de nuestra conciencia al extremo de, por ejemplo, hacer pebre a los yaganes, quemar los códices mayas, borrar del mapa a Palestina o sepultar bajo toneladas de agua los cementerios pehuenches, hechos que dolorosamente nos enseñan que la mencionada escala de valores no es universal.
El concepto de cultura es tan amplio que algunos especialistas la denominan la Totalidad, postulando la incapacidad del hombre de desembarazarse de su propio entorno, tal vez, producto de la reticencia que sentimos por revolotear demasiado lejos de nuestras cosmovisiones (o visiones de mundo), distanciamiento que nos causa una inaguantable angustia, quizá porque advertimos que nuestro mundo interior no es más que una construcción, una casita hecha de ladrillos imaginarios que subsisten únicamente en el ambiente que nos acoge.
Aún así, sospecho que sólo buscando más allá de las fronteras de nuestros credos, morales o racionales (supuestos científicos) o más allá de esa amorfa mezcla de ambos, acaso algún día será posible encontrar un estado de tolerancia tal, un horizonte de aceptación del tal que nos permita, mediante la luz de la diversidad, acceder a la Reunión, con mayúscula, de nuestra verdadera naturaleza, trascendiendo nuestras respectivas culturas.

“La cultura es el manto que oculta al hombre la posibilidad de llegar a ser”(Dra. Durán: Belfast, 1992).

Antropocentrismo
Por Fulvio Casanova
(Publicado en PROA al Futuro en abril de 2001)

Cuando el hombre descubrió su potencialidad mimética o gesticulatoria y desarrolló su habilidad para crear resonancias que transitaban de la onomatopeya al morfema, es decir, cuando fue transformando su pequeño grupo de sonidos en expresiones capaces de transportar sentido, fue gestando en su emergente cerebro la conciencia de sí mismo, de su presencia en el mundo, de su enigma vital antropológico. Por consiguiente, decide comparecer ante el universo como el ente que se opone a aceptar lo efímero de su existencia individual, transformando el miedo a la tormenta, al volcán, a la obscuridad y a la muerte, en un vertedero de imágenes, en un estallido de su interior que dilató las infinitas percepciones de su entorno, primitivo y salvaje, hasta canalizarlas en un fundamento, en un sentido, en una razón. Este juicio, tan profundo como el más arcano de los misterios, lo catapulta a su nueva condición, el substrato que lo convierte en todo un iniciado; es el rito en que el hombre-bestia muere para renacer en otro estado: el humano, propiamente tal, categoría que le demandó renunciar a su ontología de naturaleza prístina; En consecuencia, ya no asumirá su existencia en un sentido único o monista (sólo animal, sólo espíritu), sino que transforma su representación de sí mismo en su nueva naturaleza, dividida entre su primario pero latente pensamiento y su materialidad, compañera por 12 mil millones de años en forma de partículas subatómicas, transformando su virgen conciencia en un escindido oriente que, hasta hoy, advierte una verdad hermética, a pesar de las constantes mutaciones cuya orientación ha sido dependiente del origen, generando miles de caminos incluyendo algunos, de suyo, irreconciliables.

Quizá entonces, en torno al fuego, en torno a la obscuridad, en torno al horror de la muerte de su hermano de caverna devorado por alguna bestia prehistórica, este primate decide “hacerse cargo”. Ese deseo de poder que le da la voluntad y la fuerza de sus músculos -que Nietzsche denominó “voluntad de poderío”, pésimamente interpretado por los bárbaros de Auschwitz y algunos chilensis de la era pithecantropus erectus (1973-1989)- constituye el primer paso para desarrollar tareas que por mucho trascendieron la recolección de alimentos (como pisar la superficie lunar, crear antimateria en laboratorio, construir computadores personales que desarrollan más de mil millones de operaciones en un precario segundo o decodificar el genoma humano). Fue este hombre quien, superando el luto y la confusión, paralelamente con alcanzar el liderazgo de la tribu, divide la humanidad en dos clases. Por una parte están aquellos que comparten el poder y la perspectiva de una naturaleza que se torna más y más ajena a sus ojos y que se pone al servicio de ese grupo, y por otra está el resto, los homo populi, a quienes anteponen el ícono que representa el camino creado por los primeros, el fetiche que justifique en sus nuevas y “conscientes” mentes, la salida de la naturaleza y la dominación de la misma, hecho que sitúa al hombre en el centro del Universo.

“Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla” (Génesis: 1:28).

Nota: Aunque el Génesis fue escrito en el siglo V° A. de nuestra era, relata una tradición oral de los pueblos asiánicos semíticos de antigüedad indefinida.

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