Gustavo Gamboa

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Es pasante de la carrera en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana, en la ciudad de México. Ligado a letrasdearauco.cl, aquí les mostramos algo de sus escritos.
web:
email: gammboa@hotmail.com

MINI BIOGRAFIA

Gustavo Gamboa es pasante de la carrera en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana, en la ciudad de México. Tiene veintiséis años de edad y la convicción de ser escritor (para disgusto de muchos). A pesar del dolor y las lágrimas que ello significa.
Desde el año dos mil participa en diversos talleres literarios, entre ellos destacan: el del cuentista José Antonio Aspe, el poeta y cuentista Raúl Parra y la cuentista y escritora de teatro Norma Barroso.
Gustavo Gamboa ha sido publicado en una antología, en el año dos mil tres, editada por la Universidad del Valle de México. Uno de sus cuentos ganó un primer lugar en el Concurso Nacional de Cuento de Género Negro y Terror, convocado por Grupo Carso en Noviembre del año dos mil uno. Antes, ganó un tercer lugar en una convocatoria de poesía lanzada por el ASPA, pero no recuerda ni el año ni el nombre del concurso.
Gustavo está convencido que lo único importante para su oficio es leer y escribir; trabajar cada día. Las menciones, piensa, los premios y las publicaciones son sólo para unos pocos. Y en la mayoría de los casos, para quienes menos lo merecen.

Sus escritos

De porcelana

Desde que desapareciste de mi vista las serpientes se enredaron en nuestros deseos. Sólo la luna, confundida por las hojas de la selva, me retó a recordarte.

Yo nadé dentro de un lago de sueños mientras tú tocabas una flauta en la orilla; no quise aceptarlo. Te imaginé como sirena y te busqué debajo de todas las piedras en aquel inmenso lago estancado de recuerdos de la noche que pasamos juntos. La luna entró, se sumergió en las oscuras aguas que tan precariamente hicimos, pensé que quería iluminar mi vista pero no lo hizo, se burló de mí y me regaló su locura. La guardé en una cajita esférica detrás de mis palabras, justo debajo de la lengua. Viví mucho tiempo escarabajeando tus labios, las múltiples texturas de tu piel y las rejas de hueso en medio de tus senos, las mismas que me prometiste, hasta que las serpientes me encontraron escondido en la arena masturbando mis labios al pronunciar tu nombre; crucificaron mis recuerdos, mi libido y todo el sabor de tus fibras en mi cuerpo. Comencé a escribir, y no es fácil hacerlo bajo el agua, con un erizo de espinas agudas, sobre una roca. Entonces se les ocurrió a las serpientes cortarme los dedos; no pude escribir más. Desesperado repetí el nombre de cada hoja y cada flor, todos los aromas bajo el agua y los colores que alcancé a sentir con mi piel desnuda. Quería contarte cada detalle. Tú seguías tocando en la playa; torturaste mi existencia dentro de un canto delirante de nubes y hojas de selva. Tus deseos te traicionaron y rodearon la flauta, la robaron y llegó hasta mí; la recibí como queriendo llorar. Sé lo del robo porque el regalo de la luna, que bien escondí tras mi voz, tenía la palabra traición escrita con óxido profundo de tristeza.

Hoy yo toco la flauta y torturo tu existencia desde el fondo del lago donde el viento no sopla para derramar tus lágrimas que son el silencio de nuestras culpas y te doblan de deseo durante la noche para que yo viva de tu angustia y me coma el dolor que destruye mis entrañas de porcelana.

Toco tu flauta, en una melodía triste, para que puedas vivir mientras yo muero en forma lenta, muy lenta.

Ausencia (fragmento)

Ausencia

Abrí los ojos y los sentí hinchados de llanto, llevaba un par de horas acostada, con la mirada perdida en las sombras de las paredes. Volteé hacia la ventana y vi que el ocaso agonizaba en el traspatio. Apagué la luz y me acurruqué en la cama; el silencio me supo a hierba podrida. A pesar de las cobijas sentí frío, el mismo que ya conocía de meses atrás y que se acumulaba con el paso del tiempo. Pensé un poco en Alonso, en los momentos en que parecía estar conmigo pero su mente permanecía en otro lugar; sentí tristeza. Quise sumergirme en su silencio, perderme entre sus sueños o hacerme invisible para acariciarlo a escondidas.
Por la ventana entraba la luz de las siete de la noche, suave, colada con las ideas derramadas desde mi cabeza hasta el suelo, desperdiciadas debajo de la cama.
Llegó a mi memoria la silueta de Alonso y una sonrisa se dibujó en mi cara. Me enojé conmigo porque siempre lo recibía igual: con un gesto de bienvenida. Él me tomaba por tonta, como si el amor fuera directamente proporcional con la estupidez.
Me levanté de la cama para sonarme la nariz. Estaba tragando mocos y vomitando lágrimas, demasiadas lágrimas para él. Salí de la recámara, crucé el delgado y largo pasillo que me conduce hasta el baño. Las luces estaban apagadas y me sentí especialmente sola. ¿Por qué lo echaba tanto de menos? Apenas tenía dos días sin verlo y ya lo extrañaba más que nunca. La luz era tan baja que tuve que entrar al baño a tientas, pero preferí eso a encender la luz. Tomé el rollo de papel, corté un pedazo y me soné con fuerza. Siempre me pareció desagradable hacer eso; él lo hacía para molestarme, dije en voz baja. Regresé a la recamara y decidí olvidarlo para estar tranquila. Me senté en la cama y clavé la vista en la noche. No había ninguna estrella en el cielo. Encendí la grabadora y puse un disco de Bush. El mejor grupo del planeta, él siempre decía lo mismo al comenzar la primera rola; pude escuchar su voz susurrando en mi oído. Cerré los ojos y me tapé con las cobijas. No quería evocarlo, me lastimaba. Subí el volumen de la grabadora, lo hice rápido porque no quería estar sin la protección de las cobijas, sin ellas me sentía vulnerable. Pasaron varias canciones y logré olvidar un poco la tristeza que me ahogaba. Después, Glycerine entró en mi cabeza como una bala expansiva, dolorosa. Pude escuchar a Alonso en mi mente, cantando al compás de la melodía, con su voz ronca y desentonada. Entonces sonreí.
Alonso acababa de comprar ese disco apenas una semana atrás. Recuerdo que, cuando lo puso por primera vez, pareció transportarse a otro planeta, como si la música fuera una potente droga para su mente. Yo me senté en el sillón de la sala y dejé que se recargara en mí. Sentí su gruesa espalda en mi cuerpo, pronto comenzamos a sudar. Aquella tarde, él tarareó las canciones del cidí mientras yo jugué con mis manos sobre su cuerpo. Me agradaba sentir su piel resbalando entre mis dedos; él se dejaba hacer. Después lo besé detrás de la oreja y supuse una sonrisa leve en aquella cara flaca, pomulosa. Entonces lo invité a tocarme con sus manos morenas y grandes. Me hizo sentir viva al recorrer con su tacto cada uno de mis pliegues. Con mis brazos, lo obligué a voltear y verme de frente. Pude besarle los labios mientras él metió sus manos debajo de mi blusa. Mi piel hervía y sudaba. Mis pezones se erizaron al tiempo que él los rozaba suave con sus dedos. Empecé gemir bajito porque sabía que a él le gustaba. Entonces, le permití desabrochar mi pantalón para explorar mi entrepierna. Para ese momento yo ya estaba algo húmeda y con ganas de sentirlo hasta los huesos. Recuerdo que Alien comenzaba a sonar en el estéreo cuando yo ya estaba sin pantalones. Lo besé como desesperada desde el cuello hasta el abdomen y lo invité a hacer lo mismo. Me encantaba sentir que me desnudara. Sus grandes manos parecían torpes al desabrochar los botones de mi blusa. Me daba risa verlo en aquella batalla contra la prenda. La piel se me estremeció cuando mis pechos, desnudos, rozaron su cuerpo moreno, tibio. Entonces lo abracé fuerte y me aferré a él, a su vida. Nuestras miradas estaban de frente, como en un reto. Permanecí tendida en el sillón y él me cubrió completa. Abrió mis piernas y me penetró suave al tiempo que me decía algo al oído. No entendí lo qué quiso decirme pero le contesté con gemidos de afirmación. Mi cuerpo aumentó su temperatura y sentí sus manos en todo mi cuerpo. Una gota de sudor se desprendió desde su barbilla y cayó en mi frente. Reí hasta casi desfallecer. No sé por qué pero, se me hizo memorable verlo sudar a tal extremo. Él no entendió mi risa pero no detuvo sus embestidas. Siempre era así con Alonso: me partía en dos con pequeños espasmos y la promesa de orgasmos como racimos casi al final del acto. Aquella tarde llegamos juntos.
El disco terminó con sus doce canciones y yo regresé a la realidad. Los recuerdos de aquella tarde se deshacían como el humo de un cigarrillo en la playa. Ya no tenía a Alonso, no lo podía abrazar más. Yo misma fui quien decidió que todo debía terminar y se lo dije después de hacer el amor en la tarde de dos días atrás. Yo sabía que sería la última vez pero él no, aunque sospecho que lo imaginaba. Aunque nuestra relación duró muy poco tiempo, me enamoré de cada una de sus formas.
Me gustaba su actitud de complicidad cuando estábamos frente a Rosaura, su novia. Él la abrazaba al tiempo que me recorría el cuerpo con los ojos y me desnudaba con la mirada. Disfrutaba sentir su mirada.
Rosaura nos encontró tomados de las manos justo una semana antes de que Alonso y yo nos acostáramos por primera vez. Antes de ese incidente todo era un juego de miradas y uno que otro acercamiento. Aún no había pasado nada. Ella lo hizo tan grande que, a partir de entonces, Alonso me tomó más enserio; creo. Claro que yo me sentía atraída por él pero tuve miedo, no por mí sino por él: aunque nunca me lo dijo, yo sabía que él la quería de forma profunda.

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